Reseñas

 

Robert Darnton (2014). Censores trabajando. De cómo los Estados dieron forma a la literatura.

 

Rafael Torres Sánchez1

1Universidad de Guadalajara, Departamento de Estudios Literarios

 

En uno de sus libros más recientes, el destacado historiador estadounidense Robert Darnton estudia el funcionamiento de la censura en tres espacios y tres tiempos distintos o, en otras palabras, en tres sistemas autoritarios diferentes: la Francia borbónica del siglo xviii, la India británica del siglo xix y la Alemania Oriental comunista del siglo xx.

La segunda parte del título del libro es clave para seguir las huellas de los mayores alcances de su contenido: las estrategias y los métodos del Estado para controlar la comunicación a través de la palabra escrita. Se trata, anota el autor, de varias obras de consulta imprescindible para quien se interese en la historia del libro y la lectura, de una “historia de trastienda, puesto que sigue el hilo de la investigación en los cuartos traseros y las misiones secretas donde agentes del Estado vigilaban el uso de la palabra, permitiendo o prohibiendo su impresión y reprimiéndola por razones de Estado una vez que empezaba a circular en forma de libro”. Una historia, además, “en una nueva clave, una clave que sea tanto comparativa como etnográfica”.[1]

Y a todo esto, qué es la censura, en qué consiste. He aquí la primera advertencia formulada por el eminente historiador norteamericano: identificar la censura con restricciones de todo tipo significa trivializarla. De tal suerte, en lugar de partir de una definición y luego buscar ejemplos que se ajusten a ésta, el autor de La gran matanza de gatos y otros episodios de la cultura francesa opta por interrogar a los propios censores, recuperando sus voces de los archivos, en el caso de la Francia borbónica y del Raj británico, y charlando personalmente con ellos, en el caso de la República Democrática Alemana, cuando, en los años noventa del siglo pasado, ha caído el muro de Berlín y el gobierno comunista, el partido que lo sustentaba y el Estado se han derrumbado sin remisión.

Mediante la consulta de un vasto acervo documental, además de la confrontación directa en el último de los casos estudiados, Robert Darnton elabora preguntas, probando y reformulando interpretaciones que le permiten seguir en detalle las tareas cotidianas y ordinarias de los censores. Así es como descubre que tanto en la Francia borbónica como en el Raj británico y en la Alemania comunista —sobra decir que antes del 9 de noviembre de 1989— la censura dista del estereotipo del “veto” al que suele asimilarse.[2] En la Francia del siglo xviii, por ejemplo, la censura no consistía simplemente en purgar un texto de herejías, sino en algo positivo: el respaldo real del libro y una invitación a leerlo. Anota Darnton: “Lejos de sonar como centinelas ideológicos, los censores escribían como hombres de letras y sus informes podrían considerarse una forma de literatura” (p. 29). Seguramente esto asombrará menos al lector cuando se entere de que en la Francia de la Ilustración la mayoría de los censores eran también autores, como Fontenelle, Condillac, Crébillon hijo y Suard.

Con los textos en manos semejantes, precisa el autor de otro libro reciente de lectura imprescindible, El diablo en el agua bendita o el arte de la calumnia de Luis xiv a Napoleón,[3] “la censura se asemeja al cuidado con el que los lectores profesionales evalúan manuscritos para las editoriales de hoy en día” (p. 44). Esto no debe llevar a la idea de que entonces la censura no reprimía. Pero en la Francia del siglo xviii la averiguación de los censores estaba dirigida primordialmente a evitar los ataques a les grands, es decir, a los poderosos de la corte, más que a buscar amenazas contra la Iglesia, el Estado y la moral. Éste es el tema, precisamente, de El diablo en el agua bendita.

Al estudiar las prácticas de la censura en la India bajo la dominación inglesa, Robert Darnton detalla los extremos alcanzados por la antítesis entre los principios liberales adquiridos en el país de origen por los funcionarios del Raj británico en la India y el imperialismo que ejercían en la práctica. Porque, si bien el liberalismo reconocía ciertos derechos como la libertad de expresión y la libertad de prensa, cuando los funcionarios del Raj se sentían desafiados buscaban restringirlos. Mediante el análisis acucioso de una gran cantidad de documentos generados por el Indian Civil Service (ics) relativos a la producción y distribución de libros a partir de 1858, cuando estas actividades experimentaron un notable crecimiento, Darnton muestra cómo los censores británicos se dieron a la tarea de rastrear, bajo la literatura vernácula bengalí, que conoció un decisivo take-off después de la Rebelión de los Cipayos de 1857, lo que ellos interpretaron como difamación, sedición y desafección al Raj británico.[4] Estos delitos se persiguieron también en representaciones teatrales, cancioneros, declamaciones y todo tipo de manifestaciones artísticas que, partiendo de textos literarios, tomaban la forma de representaciones dramáticas sobre las tablas o sobre un piso de tierra. El caso más notable fue el del melodrama bengalí titulado Nil Durpan, traducido al inglés y publicado por James Long, que trataba la opresión en las plantaciones de añil, razón por la que pronto fue conocida como la “Cabaña del Tío Tom de Bengala”.

La vigilancia de la literatura no dejó al margen, desde luego, a la prensa, en particular a aquella que aparecía en lengua vernácula. Esto se hacía mediante la elaboración de catálogos de publicaciones. En todo momento, los funcionarios del Raj británico trataban de justificar la legalidad del régimen y por ello, en lugar de suprimir las publicaciones que consideraban sediciosas, optaron por tolerarlas, tratando de influir en su contenido. “Si el Raj no se identificaba con el imperio de la ley entonces podría llegar a parecer que gobernaba por la fuerza”, observa Darnton (p. 142).

En el caso de la rda, la censura era un vasto conjunto en el que cabían autores, editores, lectores externos, consultores diversos, espías, inclusive funcionarios del partido comunista y, desde luego, los propios censores. La dependencia oficial encargada de la producción y el control de libros se llamaba Jefatura Administrativa para la Publicación y el Comercio del Libro (Hauptverwaltung Verlage und Buchhandel). La hv se encontraba en el número 90 de la calle Clara-Zetki, a unos cien metros del muro que dividía a Berlín.

 

Los libros se originaban de diferentes maneras. Algunos bien pueden haber comenzado como un momento de inspiración de algún autor, pero la mayoría se arreglaba en negociaciones entre autores y editores. La rda tenía 78 casas editoriales en la década de 1980. En principio, eran organizaciones independientes y autosuficientes. En la práctica, editaban sus textos y construían sus listas de conformidad con la línea del partido, aprovechando al máximo el Spielraum o margen de maniobra dentro de un sistema flexible de relaciones humanas que compensaba las limitaciones impuestas por la estructura institucional (p. 156).

 

Como sucedía en la Francia borbónica con el roman à clé y en la India con los textos en lengua bengalí, los censores alemanes buscaban, escondidos en los intersticios textuales, ataques al régimen socialista, desviaciones “tardío-burguesas” (jerga comunista que, en la rda, designaba al modernismo, amplio espectro que iba desde la poesía de Rilke hasta Proust o Joyce) y demás impropiedades que atentaran contra el régimen. Y eso que los libros eran el producto de una serie de negociaciones que abarcaban, como ha sido dicho, un amplio espectro social, que subía desde los autores hasta los más altos peldaños del partido oficial, pasando por los editores y los lectores externos, quienes sugerían cambios en los manuscritos, alargando el estira y afloja con los autores aún más allá de la edición del libro, pues ésta de ninguna manera aseguraba que, si llegaba a haberla, la reedición no fuera a ser revisada de nueva cuenta; sobre todo si provocaba un escándalo, en cuyo caso el libro era convertido en pulpa de papel. “Sin embargo, la parte más importante del proceso es la más difícil de identificar —aclara Darnton— porque sucedía en la cabeza del autor. La autocensura dejó pocas huellas en los archivos, pero los alemanes orientales la mencionaban a menudo, especialmente una vez que se sintieron libres de poder hablar tras la caída del muro” (p. 182). El escritor Erich Loest la llamó, en 1990, “ese hombrecito verde dentro del oído”. Otros la designaban “tijeras en la cabeza”. A pesar de todo esto, Darnton asegura que sería engañoso reducir la función de los editores a la vigilancia ideológica. “Dedicaban mucha atención a las cualidades estéticas de los manuscritos, trabajando en estrecha colaboración con los autores para mejorar el fraseo y fortalecer las narrativas. Por lo que se puede ver a partir de la lectura de sus informes, se trataba de críticos inteligentes y bien educados que tenían mucho en común con los editores en Berlín Occidental y Nueva York” (p. 184). Por supuesto, a lo largo del proceso de edición se generaban conflictos, pero en una atmósfera de respeto mutuo más que de lucha y represión, como demuestra la lectura de los archivos de la hv. Aun así, la noción de “negociación” apenas le hace justicia al proceso, explica el historiador.

 

Concentrarse en el aspecto ordinario y diurno de la censura corre el riesgo de hacer que todo parezca demasiado amable. El régimen gobernaba con violencia, como lo demostró en la represión de la sublevación en Berlín el 17 de junio de 1953 y como lo evidenciaron las 500 000 tropas soviéticas instaladas en todo el país hasta el colapso de la rda. Las actividades de la policía secreta (Stasi) eran menos visibles pero más generalizadas. Los autores y los editores sabían que estaban siendo observados y grabados, pero no tenían idea del grado al que llegaba la vigilancia hasta que los archivos de la Stasi quedaron disponibles después de la caída del muro (pp. 189-90).[5]

 

Hasta entonces, concluye Darnton, la censura nunca cesó en la rda, donde la hv rehusaba autorizaciones de impresión y los líderes del partido intervenían para bloquear la publicación de obras que no se ajustaban a la línea partidista, “incluso cuando el partido comenzó a perder su control del poder” (p. 227).

Además de los estudios de caso expuestos por Robert Darnton —especialmente el último de ellos—, una lectura atenta de Censores trabajando contribuye a entender mucho de lo que sucede en México con la producción y la distribución del pensamiento académico universitario, en que los “dictámenes” (de libros, artículos y todo tipo de textos afines) se vuelven, en cualquier momento, según he advertido antes, simples y llanas negativas de publicación, o un examen de grado interminable, en particular cuando los autores sobre los que se ejerce el descarte no “bailan bonito” al son que cautiva a los grupos de poder y a sus beneficiarios.



[1] “Comparativa” escribe con toda propiedad Robert Darnton (p. 10), no “comparatista”, como machacan algunos aficionados de medio tiempo al análisis literario, reacios al recto empleo del idioma.

[2] Dicho estereotipo, por cierto, presente de forma abrumadora en el medio académico mexicano, demanda en sí mismo consideraciones que exceden los límites reducidos de una reseña. Baste decir por ahora que, con el pretexto de “dictaminar” artículos, libros y demás, en el medio académico mexicano, y en especial, aunque no únicamente, en el segmento universitario (porque no hay que dejar fuera al sni, al prodep y los otros aparatos del Estado diseñados para controlar estrechamente la producción científica y humanística del país), la censura ha devenido sinónimo de puro y simple descarte o negativa que no necesita de mayor argumentación que anotar, trátese de lo que se trate el texto vetado: “no se publica”, “no cumple con los lineamientos de la revista”, “no es apto para ser publicado” y cosas por el estilo. ¿Cómo acotar este laconismo autoritario en el que los dictaminadores son, en realidad, custodios de la impresión y la difusión del conocimiento? La revista Sincronías de la Universidad de Guadalajara se ha erigido recientemente en un caso notable de esta grave situación. Con el pretexto de que los autores deben atender las normas editoriales de los libros “científicos” (?), descarta, veta y sugiere una estandarización de estilo rayana en el totalitarismo editorial, aparte de exigir cambios a los textos de manera injustificada, confundiendo artículos con exámenes de grado interminables y a dictaminadores con sinodales que son, en realidad, censores embozados en negritas, altas y demás anacronismos tipográficos mezquinos, biliosos y vengativos contra autores que claramente los superan.

[3] También publicado en 2014 en México por el Fondo de Cultura Económica. Otros libros de Robert Darnton: El coloquio de los lectores (2003, México, Fondo de Cultura Económica), Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen (2003, México, Turner-Fondo de Cultura Económica), El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800 (2006, México, Fondo de Cultura Económica), Los best-sellers prohibidos en Francia antes de la Revolución (2008, México, Fondo de Cultura Económica), El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural (2010, México, Fondo de Cultura Económica) y  Poesía y policía. Redes de comunicación en el París del siglo xviii (2011, México, Cal y Arena).

[4] Los cipayos (soldados indios en el ejército británico) derrocaron a sus oficiales británicos y, con el apoyo de líderes regionales, campesinos y también maharajás y nawabs (gobernantes de estados parcialmente autónomos), tomaron el control de amplias zonas en el norte y el centro de la India (p. 90).

[5] La vida de los otros (2007), excelente película de Florian Henckel von Donnersmark, recrea de manera óptima la atmósfera en la rda bajo la vigilancia de la siniestra policía secreta Stasi.